jueves, 9 de julio de 2009

ASI CONOCI A JORGE BUCCO


A los empujones, como pude, me abrí paso entre una verdadera multitud que rodeaba la camioneta roja.

Montados en el utilitario que apuntaba al cielo por el peso que cargaba, otra pequeña multitud rodeaba a Jorge Bucco. Faltaban 11 días para que cumpliera 29 años y se había convertido esa tarde en el intendente electo de la ciudad de San Francisco derrotando a Juan Ricardo Cornaglia que iba por su reelección.

Cuando logré rozar la puerta delantera estiré mi mano hacia la de Jorge que me devolvía el saludo y agradecía mis felicitaciones.

Era uno más entre miles.

En junio de ese año había terminado mis prácticas docentes en el 1º año del Instituto Inmaculada Concepción. ¡Ya era Profesor en Historia!

A fines de 1982 había comenzado a militar en el peronismo de la mano de mi papá con quién siempre discutimos –en todo el sentido de la palabra- sobre estos temas. Para 1987 repartía mi tiempo entre el estudio, mi trabajo en lo que quedaba de una sodería –La Esperanza se llamaba- que nos permitía apenas comer en casa, la publicación del periódico “El Pueblo” con circulación de Devoto y San Francisco y la militancia política.

En Devoto habíamos lanzado la candidatura a intendente del Dr. Héctor Debernardo y habíamos logrado un buen equipo con Mingo Benso dónde éste se ocupaba de la parte económica y yo coordinaba la política.

Como buena parte de mi tiempo lo pasaba en San Francisco, allí me sumé a los equipos técnicos de Jorge agrupados en la FUNDEPA que era dirigida por el Cr. Héctor Rossa a quien yo conocí allá por 1986 cuando participaba de reuniones política en un grupo al que llamaban “la escuelita” (Rossa, Martini, Alberto Navarro, Picenza) y que funcionaba en Rivadavia casi 9 de julio.

Dentro de la FUNDEPA formé parte del grupo de Cultura y Educación junto a Patricia Conti y Juan Corazza. Reportábamos nuestros proyectos a Guillermo Gonzáles que desde la Democracia Cristiana formaba parte del Frente político que conducía Bucco.

Mi primer contacto visual con Jorge fue en un acto que organizamos en la Sociedad Cosmopolita de Devoto con la presencia de José Manuel de la Sota, a la sazón candidato a gobernador de la provincia.

Como coordinador del acto habíamos introducido en el mismo algunas prácticas muy “modernas” para la liturgia del peronismo como una entrada “apoteósica” con el tema “La última cuenta regresiva” en inglés.

El acto salió muy bien organizado y aquellos que pensaban en la necesidad de aggiornarse dentro del peronismo lo vieron con mucha simpatía, entre ellos el propio Jorge.

Volviendo al 6 de septiembre de 1987, en medio de la algarabía me encontré con Horaldo Senn –referente departamental de la Renovación Peronista- y fue él quien me invitó a seguir el festejo en una larga mesa que se armó en La Giralda donde nuevamente tuve oportunidad de cruzar algunas palabras con quien sería por 12 años intendente de la ciudad y con quien compartiría y comparto victorias y derrotas políticas al igual que buenos y malos momentos en la vida.

Para otra oportunidad dejo la forma ene que pasé a integrar el equipo de gobierno desde el primer día de gestión donde varios amigos tuvieron mucho que ver.

lunes, 15 de junio de 2009

DE LA ESCUELA, LA "H" Y MI PRIMERA HUELGA

1965, un día cualquiera de clases.

Iba a primer grado. En esa época había dos primeros grados: el inferior y el superior; después seguía segundo y así hasta sexto.

Yo iba al "inferior". Tenía 6 años.

Por la mañana me levantaban a las siete. Un buena mamadera de leche servía de desayuno. Era uno de los secretos mejor guardados porque si se enteraban mis compañeritos, las cargadas serían eternas.

Guardapolvo blanco, pantalones cortos, zapatitos y soquetes. Con el atuendo listo, a buscar la "cartera" o portafolio de cuero, con dos bolsillos grandes externos y los útiles escolares en su interior, preparados la noche anterior.

Una pasada por el baño y a la calle.

Tomaba por España hacia el oeste, buscando la Escuela Sarmiento. A mitad de camino aproximadamente, pasaba a buscarlo a Joselito, mi primo.

La ansiedad siempre me pegó en el estómago. Llegaba con lo justo a la vieja casa de mis tíos; práticamente tiraba la cartera y, corriendo, llegaba al "fondo" y un nuevo pasaje por el baño.

Ya acompañado con el primito, tres cuadras más y estábamos en la escuela.

Ingresábamos por la puerta principal que tenía una arcada y una pequeña galería que nos depositaba en el hall principal y el patio. Allí formábamos para el izamiento de la bandera.

Más de una vez me escabullía de la formación para ir nuevamente...al baño.

Todo se normalizaba una vez que entrábamos al aula y comenzábamos con la tarea.

"Mimi" Mazuchino nos daba clases. Un amor de mujer. Dulcísima y firme a la vez.

Ese día teníamos dictado. Simpre me gustó estudiar, aprender, tanto como me molestaba que me corrijan cuando me equivocaba.

Cuando terminó la tarea salimos al recreo y "Mimí" se quedó a revisar el dictado.

Al regreso nos lo entregó. Yo tenía un Muy Bueno escrito en lapicera verde. Había cometido un error. En la palabra "hoja" no había pueso la "h".

Allí comencé una discusión que "Mimí" recordó durante años. Me quejé amargamente por la corrección y cuestioné a la "h" con el argumento de que no tenía sentido escribirla si no se pronunciaba.

Vanos fueron los intentos de la docente por explicarme las reglas ortográficas. Me enojé mucho, tiré el cuaderno y la lapicera al piso. Me negué a realizar cualquier actividad por el resto de la clase.

Fue una especie de "huelga" de brazos caídos.

Aún hoy, nadie logró convencerme de alguna utilidad para esa letra que no se lee ni se pronuncia.

lunes, 11 de mayo de 2009

DE LA ABUELA, LA SILLA DE RUEDAS Y LOS SAUCES LLORONES

Mi recuerdo personal más antiguo me remonta al año 1963 aproximadamente. Tenía algo más de tres años.

La casa de España 980, recién estrenada, tenía un dormitorio, la cocina-comedor y el ambiente que estaba destinado a una especie de living -luego fue una librería- que en esa época hacía las veces de segundo dormitorio.

No había baño "instalado" aún. Sólo un "fondo" que todavía sobrevive al paso de los tiempos.

En ese segundo dormitorio había una cama de hierro de una plaza. La utilizaba la abuela Dominga, madre de mi madre.

Estaba afectada de una dolencia en las piernas. La recuerdo en la silla de ruedas y con la parte inferior de sus piernas en carne viva.

La cuidaban un mes cada uno sus dos hijos, Avelino y Leticia.

El tío Avelino, que se había casado con Dora Gottero -mi madrina- se quedó viviendo en la casa familiar de los Peretti.

Tengo grabados en mi memoria algunos de los días en que la llevaban de mi casa a la de los tíos.

Era un momento importante. Nos preparábamos.

Me vestían como corresponde, con zapatitos blancos y medias, un pantaloncito cortito y una remera ajustada, a rayas horizontales.

La parte que más me gustaba era cuando me subían al regazzo de mi abuela, en la silla de ruedas y comenzábamos a desandar las calles que nos llevaban a destino.

Salíamos de casa a la calle -que eran de tierra con algunas veredas de ladrillo- llegábamos hasta la esquina y doblábamos a la derecha.

Una cuadra y estábamos en "la laguna" que tenía hermosos y altos eucaliptos y algunos sauces llorones que acariciaban el agua con sus hojas. Un alambrado desvencijado rodeaba el espejo de agua.

Me gusta imaginarme con ojos saltones y curiosos, sentado en "upa", mirando todo a mi alrededor: casas, vecinos, patos, árboles.

Cuando superábamos la cuadra de la laguna, pasábamos frente a la casa de los Porzio donde llamaban mi atención las esculturas alegóricas que estaban en una especie de pasillo que daba a un patio y que tenían como destino algún panteón del cementerio o algún parque de las casas más señoriales del pueblo.

Una cuadra más y estábamos en el bulevar. Costaba cruzarlo si había llovido recientemente por lo ancho que era y los pozos que tenía.

Otra cuadra más y llegábamos a destino.

Nos esperaban Avelino, la tía Dora y Beatriz que para la época habrá tenido unos 9 o 10 añitos. Carlitos debe haber sido un recién nacido.

Lo que venía era una ronda de mates y largas charlas de Leticia con Dora en riguroso "piamontés". Resuenan en mi oídos alguna palabras como "ma va", "turna si", "bambino" o "bulumas".

Sergio y Avelino trataban de encontrar caminos para sostener y mejorar la situación económica familiar.

Nosotros jugábamos a todo.

Había un patio grande. Varias "piecitas" con trastos y la siempre tentadora calle para un partidito a los penales, usando los fresnos como arcos y con algún mayor que nos tuviera paciencia.

El regreso era por la tardecita, ya sin la abuela ni la silla de ruedas hasta el mes siguiente.

domingo, 3 de mayo de 2009

DE COMO LETICIA CAYO EN LOS BRAZOS DE SERGIO

Aprovechando la extensa convalecencia de mi padre en la clínica, me pude sacar algunas dudas en la charlas que sostuvimos a la espera de una mejoría que viene a paso lento.

Si bien hace unos treinta días que está en cama, mantiene un humor envidiable y una memoria increíble.

Empecé pidiéndole ayuda para ir lo más lejos posible con el árbol genealógico que estoy armando, aprovechándome de un programa muy fácil de usar en el sitio www.miparentela.com. Me dio los nombres y apellido de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tíos y primos, tanto de parte suya como de mi madre y pude llegar a 68 personas que forman parte de nuestra familia.

Hablando de mi madre, siempre me resultó intrigante saber cómo se habían conocido, en qué circunstancias y como habían comenzado su relación.

Cuando se generó el clima apropiado, no dudé en preguntarle y el "viejo" me dio algunos detalles.

Corría el año 1955 aproximadamente. Hacía un año que había llegado a Devoto -venían de Colonia San Bartolomé- para trabajar en SanCor junto a dos de sus hermanos: Hilario y Oscar.

Precisamente este último vivía en una casa justo frente a la de Carlos y Dominga Peretti, a la sazón, mis abuelos.

Era una casa muy humilde y no la pasaban nada bien en lo económico. Carlos, el papá de mi madre estaba muy enfermo de cáncer y Dominga, la madre, postrada en una silla de ruedas -que es como yo la recuerdo-.

En las visitas a su hermano, Sergio -mi padre-, un joven flacucho y simpático, de 23 años, con unos finos bigotes y muchas ambiciones, quedó flechado por Leticia -mi madre-, que con sus 29 años, lucía muy, pero muy bonita.

Siempre me pregunté porqué había llegado a esa edad soltera en épocas en que las mujeres se casaban muy jovencitas. Alguna vez escuché algo de un novio músico que se fue a otro país, Chile creo, y nunca más volvió. Eso no me animé a preguntárselo todavía a mi padre. Mejor espero que esté más repuesto.

Lo cierto es que el flaquito que venía de Colonia San Bartolomé, con sus 23 añitos se le animó a Leticia y comenzó a "tratarla", como decían en la época.

Si algo no se puede negar en la personalidad de Sergio es que, cuando quiere a alguien, es capaz de dar lo que no tiene.

Y algo de eso sucedió cuando ganó una máquina de coser en un sorteo que se hizo en San Bartolomé.

Leticia y Avelino -su hermano, o sea mi tío- tenían problemas para obtener la demorada jubilación de mi abuelo Carlos. Tenían que viajar a Buenos Aires. Por supuesto, no tenían una moneda para hacerlo.

Y ahí apareció Sergio, vendiendo la máquina de coser. Obtuvo unos $ 1200 y se los dio para que viajen.

Lo hicieron y trajeron la jubilación, que luego del fallecimiento del abuelo se transformó en pensión para la abuela y una mejor calidad de vida para todos.

Después de semejante acción, Leticia cayó en los brazos de Sergio. Lo que vino fue el noviazgo de costumbre y en 1959, un 8 de enero, casamiento.

Poco más de 10 meses después, apareció el autor de estas líneas, pero de eso les hablé en el posteo anterior.

martes, 21 de abril de 2009

DEL PARTO, LA TORMENTA Y PREMONICIONES

Era una mañana tormentosa.

La ciencia ponía al alcance de la madres en esa época poco más que una partera con algunas herramientas y mucha experiencia. En Devoto, la que me trajo al mundo se llamaba "Doña Lina". Trabajaba en la casa de los Cerminatto. Creo que ahora la Mutual tiene esa propiedad. Está a media cuadra de la Farmacia Sereno que en ésa época tenía otros dueños.

El parto no fue fácil. Tuvieron que usar herramientas. Salí del vientre de mi madre, Leticia, con un color púrpura y la cabeza bien alargada.

Tuvieron que pegarme bastante para que empezara a llorar.

Siempre me pregunté si la tormenta y el parto difícil fueron premonitorios. Creo que sí.

La tormenta anticipó una vida para nada serena.

Y las dificultades del parto mi deseo por vivir apasionadamente cada minuto que me toca.

Tardé un poco, pero cuando empecé a llorar, ya no paré más.

Era un 20 de noviembre de 1959.

Ese día las Naciones Unidas aprobaban los Derechos Universales de los Niños.

Mi papá, Sergio, que siempre tuvo inclinación por la Historia -aunque tuvo que aprender a leer solito, sin ir a la escuela- me quiso poner de nombre Julio César. Suena grandilocuente.

Por supuesto, Leticia supo imponerse y ahí estoy, transitando por los años como Daniel Alberto.

Me cuentan que hubo festejos en casa y muchas ilusiones puestas en marcha.

Leticia, mi "vieja", ya no está entre los mortales. Vive, porque la recordamos. Vive, porque la recuerdo cada día con más intensidad.

Me da mucha paz sentir y pensar que muchas de aquellas ilusiones se concretaron.

Me da mucha paz sentir y pensar que se sintió orgullosa y que el esfuerzo de aquella mañana tormentosa, en algún punto, para ella, valió la pena.