1965, un día cualquiera de clases.
Iba a primer grado. En esa época había dos primeros grados: el inferior y el superior; después seguía segundo y así hasta sexto.
Yo iba al "inferior". Tenía 6 años.
Por la mañana me levantaban a las siete. Un buena mamadera de leche servía de desayuno. Era uno de los secretos mejor guardados porque si se enteraban mis compañeritos, las cargadas serían eternas.
Guardapolvo blanco, pantalones cortos, zapatitos y soquetes. Con el atuendo listo, a buscar la "cartera" o portafolio de cuero, con dos bolsillos grandes externos y los útiles escolares en su interior, preparados la noche anterior.
Una pasada por el baño y a la calle.
Tomaba por España hacia el oeste, buscando la Escuela Sarmiento. A mitad de camino aproximadamente, pasaba a buscarlo a Joselito, mi primo.
La ansiedad siempre me pegó en el estómago. Llegaba con lo justo a la vieja casa de mis tíos; práticamente tiraba la cartera y, corriendo, llegaba al "fondo" y un nuevo pasaje por el baño.
Ya acompañado con el primito, tres cuadras más y estábamos en la escuela.
Ingresábamos por la puerta principal que tenía una arcada y una pequeña galería que nos depositaba en el hall principal y el patio. Allí formábamos para el izamiento de la bandera.
Más de una vez me escabullía de la formación para ir nuevamente...al baño.
Todo se normalizaba una vez que entrábamos al aula y comenzábamos con la tarea.
"Mimi" Mazuchino nos daba clases. Un amor de mujer. Dulcísima y firme a la vez.
Ese día teníamos dictado. Simpre me gustó estudiar, aprender, tanto como me molestaba que me corrijan cuando me equivocaba.
Cuando terminó la tarea salimos al recreo y "Mimí" se quedó a revisar el dictado.
Al regreso nos lo entregó. Yo tenía un Muy Bueno escrito en lapicera verde. Había cometido un error. En la palabra "hoja" no había pueso la "h".
Allí comencé una discusión que "Mimí" recordó durante años. Me quejé amargamente por la corrección y cuestioné a la "h" con el argumento de que no tenía sentido escribirla si no se pronunciaba.
Vanos fueron los intentos de la docente por explicarme las reglas ortográficas. Me enojé mucho, tiré el cuaderno y la lapicera al piso. Me negué a realizar cualquier actividad por el resto de la clase.
Fue una especie de "huelga" de brazos caídos.
Aún hoy, nadie logró convencerme de alguna utilidad para esa letra que no se lee ni se pronuncia.
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