Mi recuerdo personal más antiguo me remonta al año 1963 aproximadamente. Tenía algo más de tres años.
La casa de España 980, recién estrenada, tenía un dormitorio, la cocina-comedor y el ambiente que estaba destinado a una especie de living -luego fue una librería- que en esa época hacía las veces de segundo dormitorio.
No había baño "instalado" aún. Sólo un "fondo" que todavía sobrevive al paso de los tiempos.
En ese segundo dormitorio había una cama de hierro de una plaza. La utilizaba la abuela Dominga, madre de mi madre.
Estaba afectada de una dolencia en las piernas. La recuerdo en la silla de ruedas y con la parte inferior de sus piernas en carne viva.
La cuidaban un mes cada uno sus dos hijos, Avelino y Leticia.
El tío Avelino, que se había casado con Dora Gottero -mi madrina- se quedó viviendo en la casa familiar de los Peretti.
Tengo grabados en mi memoria algunos de los días en que la llevaban de mi casa a la de los tíos.
Era un momento importante. Nos preparábamos.
Me vestían como corresponde, con zapatitos blancos y medias, un pantaloncito cortito y una remera ajustada, a rayas horizontales.
La parte que más me gustaba era cuando me subían al regazzo de mi abuela, en la silla de ruedas y comenzábamos a desandar las calles que nos llevaban a destino.
Salíamos de casa a la calle -que eran de tierra con algunas veredas de ladrillo- llegábamos hasta la esquina y doblábamos a la derecha.
Una cuadra y estábamos en "la laguna" que tenía hermosos y altos eucaliptos y algunos sauces llorones que acariciaban el agua con sus hojas. Un alambrado desvencijado rodeaba el espejo de agua.
Me gusta imaginarme con ojos saltones y curiosos, sentado en "upa", mirando todo a mi alrededor: casas, vecinos, patos, árboles.
Cuando superábamos la cuadra de la laguna, pasábamos frente a la casa de los Porzio donde llamaban mi atención las esculturas alegóricas que estaban en una especie de pasillo que daba a un patio y que tenían como destino algún panteón del cementerio o algún parque de las casas más señoriales del pueblo.
Una cuadra más y estábamos en el bulevar. Costaba cruzarlo si había llovido recientemente por lo ancho que era y los pozos que tenía.
Otra cuadra más y llegábamos a destino.
Nos esperaban Avelino, la tía Dora y Beatriz que para la época habrá tenido unos 9 o 10 añitos. Carlitos debe haber sido un recién nacido.
Lo que venía era una ronda de mates y largas charlas de Leticia con Dora en riguroso "piamontés". Resuenan en mi oídos alguna palabras como "ma va", "turna si", "bambino" o "bulumas".
Sergio y Avelino trataban de encontrar caminos para sostener y mejorar la situación económica familiar.
Nosotros jugábamos a todo.
Había un patio grande. Varias "piecitas" con trastos y la siempre tentadora calle para un partidito a los penales, usando los fresnos como arcos y con algún mayor que nos tuviera paciencia.
El regreso era por la tardecita, ya sin la abuela ni la silla de ruedas hasta el mes siguiente.
lunes, 11 de mayo de 2009
domingo, 3 de mayo de 2009
DE COMO LETICIA CAYO EN LOS BRAZOS DE SERGIO
Aprovechando la extensa convalecencia de mi padre en la clínica, me pude sacar algunas dudas en la charlas que sostuvimos a la espera de una mejoría que viene a paso lento.
Si bien hace unos treinta días que está en cama, mantiene un humor envidiable y una memoria increíble.
Empecé pidiéndole ayuda para ir lo más lejos posible con el árbol genealógico que estoy armando, aprovechándome de un programa muy fácil de usar en el sitio www.miparentela.com. Me dio los nombres y apellido de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tíos y primos, tanto de parte suya como de mi madre y pude llegar a 68 personas que forman parte de nuestra familia.
Hablando de mi madre, siempre me resultó intrigante saber cómo se habían conocido, en qué circunstancias y como habían comenzado su relación.
Cuando se generó el clima apropiado, no dudé en preguntarle y el "viejo" me dio algunos detalles.
Corría el año 1955 aproximadamente. Hacía un año que había llegado a Devoto -venían de Colonia San Bartolomé- para trabajar en SanCor junto a dos de sus hermanos: Hilario y Oscar.
Precisamente este último vivía en una casa justo frente a la de Carlos y Dominga Peretti, a la sazón, mis abuelos.
Era una casa muy humilde y no la pasaban nada bien en lo económico. Carlos, el papá de mi madre estaba muy enfermo de cáncer y Dominga, la madre, postrada en una silla de ruedas -que es como yo la recuerdo-.
En las visitas a su hermano, Sergio -mi padre-, un joven flacucho y simpático, de 23 años, con unos finos bigotes y muchas ambiciones, quedó flechado por Leticia -mi madre-, que con sus 29 años, lucía muy, pero muy bonita.
Siempre me pregunté porqué había llegado a esa edad soltera en épocas en que las mujeres se casaban muy jovencitas. Alguna vez escuché algo de un novio músico que se fue a otro país, Chile creo, y nunca más volvió. Eso no me animé a preguntárselo todavía a mi padre. Mejor espero que esté más repuesto.
Lo cierto es que el flaquito que venía de Colonia San Bartolomé, con sus 23 añitos se le animó a Leticia y comenzó a "tratarla", como decían en la época.
Si algo no se puede negar en la personalidad de Sergio es que, cuando quiere a alguien, es capaz de dar lo que no tiene.
Y algo de eso sucedió cuando ganó una máquina de coser en un sorteo que se hizo en San Bartolomé.
Leticia y Avelino -su hermano, o sea mi tío- tenían problemas para obtener la demorada jubilación de mi abuelo Carlos. Tenían que viajar a Buenos Aires. Por supuesto, no tenían una moneda para hacerlo.
Y ahí apareció Sergio, vendiendo la máquina de coser. Obtuvo unos $ 1200 y se los dio para que viajen.
Lo hicieron y trajeron la jubilación, que luego del fallecimiento del abuelo se transformó en pensión para la abuela y una mejor calidad de vida para todos.
Después de semejante acción, Leticia cayó en los brazos de Sergio. Lo que vino fue el noviazgo de costumbre y en 1959, un 8 de enero, casamiento.
Poco más de 10 meses después, apareció el autor de estas líneas, pero de eso les hablé en el posteo anterior.
Si bien hace unos treinta días que está en cama, mantiene un humor envidiable y una memoria increíble.
Empecé pidiéndole ayuda para ir lo más lejos posible con el árbol genealógico que estoy armando, aprovechándome de un programa muy fácil de usar en el sitio www.miparentela.com. Me dio los nombres y apellido de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, tíos y primos, tanto de parte suya como de mi madre y pude llegar a 68 personas que forman parte de nuestra familia.
Hablando de mi madre, siempre me resultó intrigante saber cómo se habían conocido, en qué circunstancias y como habían comenzado su relación.
Cuando se generó el clima apropiado, no dudé en preguntarle y el "viejo" me dio algunos detalles.
Corría el año 1955 aproximadamente. Hacía un año que había llegado a Devoto -venían de Colonia San Bartolomé- para trabajar en SanCor junto a dos de sus hermanos: Hilario y Oscar.
Precisamente este último vivía en una casa justo frente a la de Carlos y Dominga Peretti, a la sazón, mis abuelos.
Era una casa muy humilde y no la pasaban nada bien en lo económico. Carlos, el papá de mi madre estaba muy enfermo de cáncer y Dominga, la madre, postrada en una silla de ruedas -que es como yo la recuerdo-.
En las visitas a su hermano, Sergio -mi padre-, un joven flacucho y simpático, de 23 años, con unos finos bigotes y muchas ambiciones, quedó flechado por Leticia -mi madre-, que con sus 29 años, lucía muy, pero muy bonita.
Siempre me pregunté porqué había llegado a esa edad soltera en épocas en que las mujeres se casaban muy jovencitas. Alguna vez escuché algo de un novio músico que se fue a otro país, Chile creo, y nunca más volvió. Eso no me animé a preguntárselo todavía a mi padre. Mejor espero que esté más repuesto.
Lo cierto es que el flaquito que venía de Colonia San Bartolomé, con sus 23 añitos se le animó a Leticia y comenzó a "tratarla", como decían en la época.
Si algo no se puede negar en la personalidad de Sergio es que, cuando quiere a alguien, es capaz de dar lo que no tiene.
Y algo de eso sucedió cuando ganó una máquina de coser en un sorteo que se hizo en San Bartolomé.
Leticia y Avelino -su hermano, o sea mi tío- tenían problemas para obtener la demorada jubilación de mi abuelo Carlos. Tenían que viajar a Buenos Aires. Por supuesto, no tenían una moneda para hacerlo.
Y ahí apareció Sergio, vendiendo la máquina de coser. Obtuvo unos $ 1200 y se los dio para que viajen.
Lo hicieron y trajeron la jubilación, que luego del fallecimiento del abuelo se transformó en pensión para la abuela y una mejor calidad de vida para todos.
Después de semejante acción, Leticia cayó en los brazos de Sergio. Lo que vino fue el noviazgo de costumbre y en 1959, un 8 de enero, casamiento.
Poco más de 10 meses después, apareció el autor de estas líneas, pero de eso les hablé en el posteo anterior.
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