martes, 21 de abril de 2009

DEL PARTO, LA TORMENTA Y PREMONICIONES

Era una mañana tormentosa.

La ciencia ponía al alcance de la madres en esa época poco más que una partera con algunas herramientas y mucha experiencia. En Devoto, la que me trajo al mundo se llamaba "Doña Lina". Trabajaba en la casa de los Cerminatto. Creo que ahora la Mutual tiene esa propiedad. Está a media cuadra de la Farmacia Sereno que en ésa época tenía otros dueños.

El parto no fue fácil. Tuvieron que usar herramientas. Salí del vientre de mi madre, Leticia, con un color púrpura y la cabeza bien alargada.

Tuvieron que pegarme bastante para que empezara a llorar.

Siempre me pregunté si la tormenta y el parto difícil fueron premonitorios. Creo que sí.

La tormenta anticipó una vida para nada serena.

Y las dificultades del parto mi deseo por vivir apasionadamente cada minuto que me toca.

Tardé un poco, pero cuando empecé a llorar, ya no paré más.

Era un 20 de noviembre de 1959.

Ese día las Naciones Unidas aprobaban los Derechos Universales de los Niños.

Mi papá, Sergio, que siempre tuvo inclinación por la Historia -aunque tuvo que aprender a leer solito, sin ir a la escuela- me quiso poner de nombre Julio César. Suena grandilocuente.

Por supuesto, Leticia supo imponerse y ahí estoy, transitando por los años como Daniel Alberto.

Me cuentan que hubo festejos en casa y muchas ilusiones puestas en marcha.

Leticia, mi "vieja", ya no está entre los mortales. Vive, porque la recordamos. Vive, porque la recuerdo cada día con más intensidad.

Me da mucha paz sentir y pensar que muchas de aquellas ilusiones se concretaron.

Me da mucha paz sentir y pensar que se sintió orgullosa y que el esfuerzo de aquella mañana tormentosa, en algún punto, para ella, valió la pena.

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